Reducir los accidentes y las muertes en carretera se convirtió, hace ya varias décadas, en una de las grandes prioridades de la política europea de transporte. Para lograrlo, el continente abandonó un modelo centrado casi exclusivamente en la sanción y avanzó hacia un enfoque más completo, que combina la penalización con la prevención y la formación. A esa transformación se sumaron mejoras en las infraestructuras, cambios normativos, avances tecnológicos y más controles en carretera. Y los resultados hablan por sí solos: Europa ha pasado de registrar 54.000 fallecidos anuales en accidentes de tráfico a principios de los años 2000 a 19.400 en 2025, según los datos preliminares de la Comisión Europea, un 3 % menos que el año anterior.

Esa caída acumulada de en torno al 60 % ha convertido al continente en un referente mundial en seguridad vial, hasta el punto de que numerosos países de otras regiones estudian hoy sus políticas para aplicarlas en sus propios territorios. Dentro de ese conjunto de medidas, el carné por puntos ocupa un lugar destacado. Actualmente, 23 países europeos cuentan con algún tipo de sistema de permiso por puntos, adaptado a su propio marco jurídico y a su cultura de tráfico.

De Alemania a toda Europa

El primer país en aplicar este modelo fue Alemania, en 1974. Los buenos resultados obtenidos animaron a otros gobiernos a incorporarlo progresivamente a sus propias legislaciones, y hoy más de una veintena de países lo utiliza de una forma u otra. Francia lo adoptó en 1992 y vio cómo sus muertes en carretera bajaban de 8.000 en 1990 a 4.000 en 2006. Italia, por su parte, redujo sus cifras de 7.000 fallecidos en 2001 a poco más de 5.000 solo cinco años después.

El funcionamiento, sin embargo, no es idéntico en todos los países. Así lo explica Antonio Avenoso, director ejecutivo del Consejo Europeo de Seguridad en el Transporte (ETSC): «el número de puntos asignados por una infracción concreta no es directamente comparable entre países, ya que cada uno aplica una escala y un umbral diferentes». Avenoso apunta, además, a una asignatura pendiente: «nos gustaría que se produjera una armonización en toda Europa, de modo que los puntos de penalización asignados en un país también se aplicaran en los demás».

Un mismo principio, aplicaciones distintas

Pese a esas diferencias, todos los sistemas comparten una misma lógica de fondo: cuando un conductor acumula un número determinado de infracciones, según su gravedad, pierde la vigencia de su permiso y debe esperar un tiempo o superar un curso de recuperación para volver a circular. La multa económica deja así de ser el único castigo, porque el sistema incorpora también la educación vial y la sensibilización como parte del proceso.

El modelo, además, evoluciona constantemente para responder a los riesgos del momento. En la actualidad, buena parte de los países presta especial atención a las distracciones al volante, sobre todo las causadas por el uso del teléfono móvil.

En España, el sistema funciona de manera descendente: se parte de un número inicial de puntos que se van perdiendo con cada infracción. Alemania sigue, en cambio, la lógica contraria: el conductor suma puntos hasta alcanzar el máximo permitido, ocho, momento en el que se le retira automáticamente el permiso. Se trata de mecánicas distintas que, no obstante, persiguen el mismo objetivo y arrojan resultados similares allá donde se aplican, como demuestra su progresiva extensión por todo el continente.

Dinamarca y Países Bajos: los puntos que ni suman ni restan

Las variantes más singulares aparecen en Dinamarca y en Países Bajos, donde los puntos no se suman ni se restan de un total, sino que se acumulan de forma independiente. Dinamarca utiliza el conocido como klippekort, una tarjeta con la que el conductor parte de cero puntos y recibe uno cada vez que comete una infracción grave, con una validez de tres años. Si acumula tres puntos en ese periodo —dos en el caso de los conductores noveles—, pierde el permiso y tiene que volver a examinarse, tanto en la prueba teórica como en la práctica.

Países Bajos combina dos modelos paralelos: uno provisional, pensado para los conductores noveles, y otro general de puntos de penalización, que se aplica a todos, noveles incluidos. El primero resulta más exigente, ya que durante los cinco primeros años de carné basta con menos infracciones para sumar puntos. En el modelo general, si un conductor con un punto ya registrado comete otra infracción grave en un plazo de cinco años, se enfrenta a la suspensión temporal del permiso; en los casos más graves, puede llegar a perderlo por completo y tener que examinarse de nuevo, además de partir ya con un punto de penalización en su nuevo carné. El sistema neerlandés es, en particular, especialmente estricto con la conducción bajo los efectos del alcohol y las drogas.

España, veinte años después

España se sumó a este movimiento europeo en 2006, cuando puso en marcha su propio carné por puntos tras la mayor campaña informativa desarrollada hasta entonces por la Dirección General de Tráfico (DGT). El reto no fue menor: en apenas seis meses, la campaña —dividida en tres fases y respaldada por un presupuesto de cinco millones de euros— tuvo que explicar a millones de conductores un concepto hasta entonces desconocido, el del permiso «no vitalicio», sujeto a un crédito de puntos que podía perderse con las malas prácticas al volante. Una carta enviada a cerca de 14 millones de hogares, cuñas de radio, publirreportajes y un vídeo divulgativo de catorce minutos formaron parte de aquel despliegue, que ya cumple dos décadas.

Un sistema que sigue demostrando su eficacia

Dos décadas después de aquella campaña y más de cincuenta años desde su nacimiento en Alemania, el carné por puntos se mantiene como una de las herramientas más eficaces de la política europea de seguridad vial. Combina sanción, formación y sensibilización, y equipara a todos los conductores bajo un mismo sistema de crédito, con independencia de su historial previo al volante. Las diferencias entre países —cómo se suman o se restan los puntos, qué infracciones penalizan más o cuánto tiempo se conserva un punto— no restan eficacia al modelo. Al contrario: su expansión continua a nuevos países, dentro y fuera de Europa, confirma que se trata de una fórmula que funciona, más allá de las particularidades de cada territorio.

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