
Del 16 al 22 de septiembre, Europa vuelve a plantearse una pregunta que parece sencilla pero no lo es: ¿cómo queremos movernos? La Semana Europea de la Movilidad, la principal campaña de la Comisión Europea para promover una movilidad urbana más sostenible, regresa un año más con actividades en cientos de ciudades del continente. La cita culmina, como cada edición, con el tradicional Día sin Coches el 22 de septiembre, aunque su alcance va mucho más allá de una sola jornada simbólica.
La edición de 2026 se celebra bajo el lema «Movilidad para todos», un enfoque que pone el acento en la equidad entre generaciones y colectivos. Un niño, un joven y una persona de 70 años no comparten las mismas necesidades de desplazamiento, y tampoco las tienen quienes viven junto a una estación de metro frente a quienes residen en zonas con poca oferta de transporte público. Por eso, reducir la movilidad sostenible a una única solución sería, cuando menos, simplificar demasiado un problema complejo.
Más allá del coche y la bicicleta
Durante años, el debate urbano se ha resuelto casi siempre en los mismos términos: coche contra bicicleta, transporte público contra vehículo privado. Sin embargo, la realidad de nuestras calles resulta bastante más compleja. A estos actores se suman los patinetes, los vehículos de reparto, los servicios de movilidad compartida y, en ciudades como Barcelona, miles de motocicletas y escúteres que forman parte del paisaje diario.
Esta variedad introduce un matiz que merece un lugar en la conversación. Una moto de combustión genera emisiones, sí, pero también necesita mucha menos energía y espacio para trasladar a una persona que un automóvil convencional. El Honda PCX125, uno de los escúteres urbanos más vendidos, homologa un consumo de apenas 2,1 litros cada 100 kilómetros y unas emisiones de 49 gramos de CO₂ por kilómetro. Son cifras que reflejan hasta dónde ha llegado la eficiencia de los motores pequeños actuales, especialmente si se tienen en cuenta sus 133 kilos de peso y las reducidas dimensiones que le permiten transportar a una o dos personas ocupando una fracción del espacio de un coche.
La eficiencia también es una cuestión económica
El precio del combustible añade otro argumento a este debate. La gasolina de 95 octanos ronda los 1,87 euros por litro de media en España, y en algunas estaciones de Barcelona ya supera los dos euros. A ese precio, recorrer 100 kilómetros con un escúter que consume 2,1 litros supone un gasto aproximado de cuatro euros. Así, la movilidad eficiente deja de ser exclusivamente una cuestión ambiental para convertirse también en un asunto de economía doméstica, algo que muchos hogares empiezan a valorar a la hora de elegir cómo desplazarse.
El siguiente paso es la electrificación
Si los pequeños motores de combustión ya han reducido notablemente su consumo, la electrificación suma un argumento adicional. Las motos y los escúteres eléctricos no generan emisiones locales por el simple hecho de que no tienen tubo de escape, y además reducen de forma considerable el ruido mecánico en las ciudades.
Esto no significa, no obstante, que su impacto ambiental sea nulo: la fabricación de las baterías, el origen de la electricidad utilizada y su posterior reciclaje también forman parte de la ecuación. Aun así, en el contexto concreto de una gran ciudad, estos vehículos combinan dos ventajas relevantes: movilidad individual sin emisiones directas y una ocupación del espacio muy inferior a la de un coche. Su principal freno sigue siendo la autonomía y, en algunos modelos, el precio de compra, aunque en trayectos urbanos cortos —los más habituales en el día a día— estos inconvenientes pesan bastante menos.
Una solución distinta para cada trayecto
Quizá el mensaje más valioso de esta Semana Europea de la Movilidad sea precisamente abandonar la búsqueda de un medio de transporte universal. Caminar puede ser la mejor opción para un kilómetro; la bicicleta, para distancias algo mayores; el metro, el autobús y el tren, para mover a grandes volúmenes de personas; y la moto o el escúter, para desplazamientos individuales donde el transporte público no ofrece una alternativa suficientemente ágil.
La pregunta, entonces, no debería limitarse a qué vehículos queremos retirar de nuestras calles, sino a cuáles resultan más adecuados para cada trayecto. Reducir emisiones sigue siendo esencial, pero también lo es reducir la energía consumida, la congestión y el espacio que necesitamos para desplazarnos. En las ciudades del futuro, la sostenibilidad probablemente no se mida solo en gramos de CO₂, sino también en metros cuadrados.
Madrid lleva la reflexión a la calle

Como cada año, Madrid convierte estos principios en programación concreta. Bajo el lema «Movilidad para todas las personas», el Ayuntamiento despliega actividades en todos sus distritos, con el gran momento central el domingo 20 de septiembre, cuando el eje Atocha-Cibeles acoge la Fiesta de la Movilidad, una jornada familiar con decenas de servicios municipales y entidades participantes.
La programación combina propuestas para todas las edades y formas de desplazamiento, entre las que destacan:
- El Pasaporte BiciMad, un itinerario ciclista entre Plaza de España y El Retiro con sellos en distintos puntos de la ciudad.
- El Parking Day, que transforma temporalmente plazas de aparcamiento en espacios de información, juego y reflexión ambiental.
- La exhibición de autobuses históricos de EMT, incluida una experiencia de realidad virtual sobre el futuro Teleférico de Madrid.
- Descuentos del 25 % en puntos de recarga eléctrica y bonificaciones para usuarios del taxi que paguen a través de aplicación.
Estas iniciativas no buscan imponer un único modelo de desplazamiento, sino invitar a la ciudadanía a experimentar alternativas y descubrir, por sí misma, qué solución encaja mejor con cada trayecto cotidiano.
La Semana Europea de la Movilidad termina el 22 de septiembre, pero la pregunta que plantea —cómo queremos movernos y qué ciudad queremos habitar— seguirá abierta mucho después de que acabe la fiesta en Cibeles.